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Villa El Queso

november 16th, 2008

Solo Proust y Céline volvieron a encontrar el eco de la locura, que es la libertad de escribir de acuerdo a un temperamento absolutamente personal, sin reglas ni perfección.
Alfredo Bryce Echenique.

Por que Villa, y por que El Queso?.
Para nuestra concepción tercermundista, exótico bananera ó folclorico etnicista, a la carta, “Villa” es el sinónimo de chabola, callampa, barrio marginal, asentamiento de pobrerío; así de un villerío deviene un villero, o lo que vendría a ser un villano.
En cambio, en la primer mundista Suecia, Villa es una cabaña cómoda, equipada con electrodomésticos de tecnología punta, una vivienda aislada de tosca y tradicional arquitectura escandinava; pero dotada de confort moderno, incluida la sauna.
Hecha esta aclaración, y en el entendido de que este Relato Real tratará sobre una Villa Sueca, más concretamente gotemburguesa de principios de la década de los 70, debemos indicar que el color de la misma, se saltaba la norma por la torera, por que no era como sus coterraneas del comun coloreadas tipo ladrillo, esta era blanca como la nieve, el azucar, el bicarbonato, o como le pusieron sus detractores gratuitos, color del Queso, por que se obnubilaron por esa mala leche que es la envidia, asegurando que a la Villa no entraban mujeres, y por lo mismo sus moradores estaban con un queso que ni se diga, allá ellos, los pelmazos.
Así la Villa el Queso, era una especie de castillo de cuento infantil olvidado de Dios, tanto que en las largas noches escandinavas, y al azote inmisericorde de la aguanieve, el viento de la ensenada del canal Göta, el frio y la neblina obscuras gotemburguesas, se asemejaba sin exagerar, a la cabaña de la pelicula Psicho, aunque de sus ventanucas siempre saldrían melodias de rumba latina. Estaba ubicada en una calle trabada de una sola cuadra, como en un pasaje ahogado de nombre Ljungbacken (bajada del brezo) No 1, rodeada de malezas, con alguna villa por aquí, otra por alla, pero siempre alejadas por matojos silvestres hasta la tranversal Orrspelgatan 9, que desembocaba en Gibraltargatan, entre esta, Eklandagatan y Fridkullagatan, formaban una especie de colina o mirador de Johanneberg, que bajaba en picado hacia lo que parecía ser un apeadero de tranvias de la pos-guerra Korsvägen, pero haciendo una “paradinha” en Utlandagatan, al calorcito del hotel Luxe, a paladear un 3 cl. de Calvados, salía dispendioso. –Ni modo, frio obliga mi hermano querido-.
Para arribar a la famosa Villa El Queso, había que caminar unos metros por Fridkullagatan, hasta toparce con él declive de una calleja antigua adoquinada de piedras grises, escoltada de matojos de brezos salvajes é iluminada por farolas colgantes, cuál una estampa copiada de la London Gazette de los tiempos de la república de Cromwells, o de las escaramuzas de los famosos Gustavianos en la corte sueca de Gustav III.
La cuesta de los brezos entonces parecía un páramo de los cuentos infantiles de los mumitroll, en donde en cualquier momento saltarían sobre uno “los trolles”, esos duendecillos que habitan los bosquez nórdicos. En un recodo de la baja maleza, estaba enpotrada una puerta enrejada de metal negro, marcando la misma un ”gubbe” de aluminio de casí un metro de altura, que indudablemente se parecía el sereno de la vivienda en cuestión.
Atravezando el sendero empedrado, se levantaba el henorme pedazo de Queso de la Villa, era bonita y original, no solo por el color; sino por la personalidad de su arquitectura de décadas pasadas, sus cimientos cortos de color pardo, donde sobresalían las ventanas chatas y alargadas a rás del cesped del sótano.y sobre ellas los dos pisos blancos del color del queso.
En el primero estaban dos piezas de huéspedes, la sala comedor, el recibidor la tv y la cocina, a un costado las gradas que subían al segundo piso, bajo las mismas se habilitó una cama plegable para los alojados fortuitos, que casí siempre estaba ocupada por los ” mojados ”del momento, que buscaban un poco de cobertura a la espera de aclarar sus papeles.
En el segundo piso había un corredor que comunicaba con tres habitaciones, tambien de huéspedes, dos censillas y otra doble, finalmente coronaba su techo con una original buhardilla, que se reacomodó como cuarto de estudio, pero en la realidad y por la privacidad que brindaba, se acabó usándola como ”nidito de amor” de las parejas acuciadas de un espacio íntimo para sus afanes carnales, entonces se la llamó ”el folladero”.
En el sótano, estaba instalada la lavandería, el baño, la tina y la mini sauna, con capacidad para seis personas, donde a veces se apiñaban diez como anchoas saladas embutidas en su lata, y lo más cachondo, en las seciones saunáticas, en invierno salian aventados y a potito pelado a tirarce en la nieve, y lo propio en el verano, pero a darse unas manguereadas de agua fría, sin discriminar, tios y tias. La vivienda estaba rodeada de un amplio jardin que en verano se ponía verde como el perejil, y todavía conservaba como una reliquia la herrumbrosa bomba de agua de otros tiempos, así como brotaban los manzaneros dando una fruta tán ácida que nadie las comía, eso sí servían para colgar un par de hamacas guajiras y tostarce al sol hasta quedar como cangrejos, y a veces hacer top-les o quiza nudismo, de acuedo a la motivación del momento, tambien se extendía unas pitas para hacer la colada, era de ver secandose al sol, las braguitas de colores de las muchachitas, pero no habían los sujetadores, por que era de moda ya no usarlos.
Los fines de semana se instalaba la barbacoa, a veces los vecinos asomaban la nariz entre curiosos y alarmados, por la bullanga de colegiales en recreo, y los aromas de las chacinas en la brasa, se les hacía señas con las manos: -Venga vecino, asomesé al fogón, alcanza para todos-. Ellos se aceraban entre timoratos y confiados, y sacaban de su bolsa Domus un paquete de korv Dennis, bueno igual se compartía, visto estaba que no entendían ese espontáneo y cinsero proceder, y quizas pensaban que esos chabales vivían en las copas de los arboles hablando con los micos; por lo bien que lo pasaban. Lo raro es que los lunes esperando el bus en el mirador, les ignoraban olimpicamente como si nunca les hubieran conocido, total era su personalidad duál, y que joder!, con el tiempo tambien ellos se irían contagiando.
Ahora, veamos como es que estos chavales mezcla de pijos y macarras llegaron a poblar la Villa el Queso. Por esas casualidades de las que esta llena la vida, se dieron cita a degustar el bufé de Navidad en el Studentkoren de la Universidad de Gotemburgo, un par de amigos llegados con la diáspora chilena, y que habían postulado al curso ”svenska för icke svenstalande studerande – Göteborgs Universitet”, requisito para continuar con su formación académica, la primera semana de aquel diciembre brumoso, frio y borroneado por el tiempo del exílio del 73, y haciendo hora para la merienda curioseaban las notas colgadas en el ” anslagstavlan”, les llamó la atención el aviso que prendía otro estudiante con parte del texto en inglés, ofertando alquilar piezas en una Villa.
Joder!, esa hostia era interesante, piezas en una Villa, entablando conversa con el colega en un inglés de emergencias, el sueco que a la sazón se llamaba Gunnar, era sobrino del dueño é inquilino solitario de la misma, se explayó en la información, incluso magnificando las bondades de vivir aislado y con la concentración necesaria para los estudios, tambien dijo que su tio hablaba español, había sido oficial de la marina mercante en América.
Pues ni hablar, el bufé que espere. Jala!… a conocer la Villa, decidirce y acordar una entrevista con el dueño ese mismo día. Efectivamente el propietario ya jubilado, se había peinado las costas americanas desde Quebec hasta Puerto Mont en la Jhonson Line, y dijo que lo pasó ”chevere”, al morir su madre, heredó la Villa y nunca pudo habitarla por que le gustaba vivir a la orilla del már en Marstrand, tampoco la quizó vender, por ese afecto sentimental que se tiene por las herencias, y al no poder abandonarla a la buena de Dios, la modernizó y ya está a hacerla producir, que mejor que con estudiantes?, era más facil desauciarlos si había problemas, así de claro, pues macanudo no?, se pactó el acuerdo.

Visto quedó que esos ”chicos horteras”, quedaron encantados con el ambiente bohemio que prometía la Villa, para instalar su ambiente de hipismo decadente y fulero de su personal y privado mayo frances, que tanto buscaban para sacarce esa depreción de los horrores de las dictaduras, ya que por esos tiempos empezaron a llegar al exílio europeo, auténticos y genuinos perseguidos por sus ideales políticos, luchadores de la libertad, rodeados de esa aura: mitad víctimas, mitad héroes, envueltos en cierta aristocracia revolucionaria inspirada en el republicanismo democrático occidental de la vieja Europa.
Una decada despues, ese mismo exílio se masificaría por la migración económica, devaluando los fundamentos de calidad del éxodo Latino Americano, paradojas de la vida.
De modo que el año nuevo que empezaba a despuntar en el horizonte del 74, y sería pródigo en acontecimientos, inuaguró la Villa de la cuesta del Brezo No 1, con cinco inquilinos, el sueco Gunnar y cuatro latinos.
Dos de ellos habían vivido en los paises del llamado mundo socialista en calidad de becarios , fueron los chicos del Este, cuando se les acabó la beca y el tiempo, sin darles la chance de sacar ”el cartón”, buscaron reciclarce en la ”generosa Suecia”, y tenían un viceral rechazo a todo lo que oliera a político, se habían vacunado contra toda veleidad izquierdosa: -No señores, nosotros a hacer la platita- era su lema.
Los otros, llegados del sur y llamados, los chicos del Macnou, por una serie televisiva de moda, eran la anti-tesis, estudiantes universitarios de la Chile y la Católica, llegarón del país más austral de la América profunda, con el ojo en tinta, dolidos de la derrota, hechados de sus pagos como apestados, vivían con otras motivaciones su particular travesía del exílio.
Eso sí, todos tenían la fiesta en paz, sin bucear en sus ideas ni pasarce con las ”guaros”, practicaban una convivencia tolerante,demarcando cada quién su territorio y respetando él del vecino, quedaba clarito: juntos pero no revueltos, el sueco Gunnar al medio neutral.
Tambien sus amistades eran distintas, los chicos del Este, tenían amiguetes que casi siempre acupaban la cama de huéspedes, necesitaban darce una duchita, tomarce un tecito o comerce una sopita caliente, pero no se les permitía quedarce más de dos noches, lueguito se les despachaba con unas palmaditas en el hombro: -Vaya amigo, arregle sus papeles, y por la sombrita é, que por el sol, hasta las cacas se ponen negras, chaito-. Y partian parece que agradecidos, pero apenas ganaban sus dineros, no solo ignoraban la Villa; sino le tiraban mierda: – En esa Villa el Queso, viven esos que se las dan de asilados políticos, en realidad son politiqueros, comunachos y encima hasta fumadores de mariguana. – Pero señor que les hicimos?-, se preguntaban los otros. –Ni modo mi hermano querido. No se fueron por la sombrita, se fueron por el sol, quién manda a meterce de solidarios-.
Los chicos del Macnou, tenían una otra onda, generalmente estudiantes legales llegados del sur de Europa junto a vascos y catalanes, o esos otros los gringuitos desertores del Viet Nam, y como no ”sudacas” que si los hubo, pero toditos interesados en esa mala vaina de la política, la liberación, la jodedera democrática, que se le iva a hacer, eran culos de mal asiento y encima jipirapas de inspiraciones de altos vuelos. Cada vez más concientes que el exílio es imposible de sobrellevarlo, sino se adapta a una laborada vocación, tallada con la paciensia y el talento de un orfebre de la ausencia de ese bien tan caro llamado libertades democráticas, y sobre todo con horizontes universales, es decir para todo el mundo.
Por todo eso y algo más, la Villa el Queso irremediablemente cumpliría su ciclo biológico de sumar aspiraciones y sueños de futuro, de posada de estudiantes, para luego ser abandonada a la soledad, las sombras o con más propiedad a los ”mumitroll”, que nunca se fueron del todo y se podía sentir su presencia en el silencio de los duermevelas, cuando los viejos maderos de la Villa crujían, como el añejo costillar de un galeón español varado en una playa sin nombre, y hasta daba miedo bajar al excusado del sótano, por temor a toparce con un ”troll” sentado en la taza, entonces no había más remedio que aguantarce las urgencias de hacer pipí ó popó hasta que el día aclare, por lo mismo, se tenía la cuasi certeza de que estos duendecillos esperaban agazapados en las matas de la Cuesta del Brezo, esperando el momento para reconquistar lo que quizas siempre fué suyo, ese espiritu de casita infantil olvidada de Dios.
De modo que, se produjo la espantada final, aquel atípico último verano Villero y Quesero, con la llegada de los ”estudiantes golondrinas” procedentes de las dos Europas, la Oriental y la Occidental, varios de ellos munidos de flamantes titulos académicos, ya de la Carlovo ó la de Salamanca, la Patricio Lumunba ó la de Naterre, la Carlos Marx ó la Autonoma de Barcelona. Estos nóveles profecionales se proponían conquistar el mundo, en un tiempo donde todavía era posible soñar.
De esas tertulias politico-libertarias y sus respectivas pachangas de macumba, se amarraron dos matrimonios, los primeros del exílio gotemburgues. Lueguito, los chicos del Macnou partieron con sus parejas en pos de otras universidades, el sueco Gunnar ya egresado, volvió con su familia, y los chicos del Este, se replagaron al barrio de sus amiguetes en un suburbio fuera del casco urbano, que ya empezaba a ser conocido como ”la reserva”.
Finalmente, la Villa el Queso, pasó a ser parte del anecdotario que nutre la leyenda del exílio.

”Es preciso escribir como si uno fuera comprendido, como si uno fuera amado, y como si uno
estuviera muerto”.
Epígrafe de J. R. Ribeyro a un libro de A. B. Echenique.

Gamla Uppsala
Middsommar del 78 – él del primer retorno.
Ricardo Raúl Cauthín Aramayo-Florez

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