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Playa Azul I

april 18th, 2008

trilogía
Fructidor del 71
No se trata de dar ejemplos, sino de extirpar los implacables satelites del embuste.
22 Prairal, anno 2o
COUTHON Juez Jacobíno.

Al final del obscuro pasillo se nota la pesada puerta metálica, como la de una caja de caudales, donde solo destaca una minuscule mirilla que focaliza los ojos y media nariz del que esta al otro lado, y hace las veces de portero y tramitador al exterior del lugar de detención.
El capitan de carabineros Antonio Bolivar, que me había custodiado en la cabina aislada del jet 747 en el último vuelo del LAB desde Cochabamba, me quita las esposas y poniendo su mano derecha en mi hombro dice: -Habra la puerta, voy a depositar al detenido en Cochabamba por orden del Min.In. y encargo del comisario Juvenal Benavides-.
Al oir el nombre del comisario, se habre la pesada puerta con chirrido de goznes y el tintinear de la llaves sobre el metal, el tira responde: -Esta bien, que pase adentro y rápido-.
En ese señalado instante, me vienen ganas de ir al baño, ganas de mear, ganas de cagar, es el miedo que esta haciendo crisis, y no tengo verguenza de decirlo; por que no se donde estoy entrando y que es lo que me espera al otro lado de la puerta metálica. Y el que sostiene que en esas circunstancias se le templan los cojones, simplemente miente.
El capitan Bolivar saca de su campera un papel que supongo es la orden de detención y nuevamente le dice al tira: -Me firma aquí, para que quede constancia del depósito-.
Así, como si fuera una mercancía, una res, una meza, no se, un objeto, me entrega el capitan de carabineros de la guarnición de Cochabamba al tira de turno en el centro de detención La Central de La Paz.
Lo primero que veo al acostumbrarce mis ojos a la claridad ya decadente de ese atardecer de setiembre –Fructidor- del 71, es un patio encuadrado en corredores, rodeado de columnas de estilos quizas bizantinos o moriscos como brazos humanos, que sostienen barandeles o palcos de hierro forjado con adornos que serían griegos, romanos o babilónicos de los tiempos de la colonia. El suelo esta tachonado con azulejos de colores verde marinos ya gastados por el tiempo, donde solo falta la fuente de agua y el lebrillo, para parecerse un auténtico patio andaluz, el de los primeros moradores ibéricos del Chuquiago, aquellos que siguierón a Dn. Alonzo de Mendoza en su aventura andina.
Este aposento colonial tendría que soportar no solo la pátina del tiempo, sino todos los cambios de gobierno que quizas le dieron los usos más variados, pero lo que menos se himaginaban sus primeros moradores, es que acabaría convertida en mazmorra penitenciaria de la dictadura.
Estos pilares dóricos de colosos de Rodas, ú horcones de Atlas que coronan en cabezas de animales mitológicos, sostendran andando el tiempo los biombos de plástico para aparentar cierta privacidad, al sobrepoblarce el universo penitenciario, y seran bautizados con el pomposo nombre de Villa Macondo.
En el centro del pátio hay un monton de hombres de diferentes edades, rostros y maneras de vestir, al oir que llego de Cochabamba, un grupo de ellos se me acerca, son los dirigentes de la COD, Flavio Villar, José Riguera y Pablito Amurrio, detenidos la semana pasada.
Al ver gente conocida, me vuelve el alma al cuerpo, me saludan, me abrazan, y que vainas!,rompo a llorar, primero en sollozos cortos y pausados y luego a moco tendido al más puro estilo valluno.
Me cuesta himaginar que a mis 18 años estoy en prisión con los “peces gordos” de la COD cochabambina.
Los compañeros me consuelan en especial Flavio amigo de los compadres de mi padre en Quillacollo,unos potentados ferreteros, los Caballero, y claro, me piden noticias de la “llajta” , en el acto les alcanzo los periodicos del día. Los Tiempos y Prensa Libre, que pude adquirir en el aeropuerto; pero aún así les Adelanto: -Estamos cagados!, nos acusán de todo lo malo, habido y por haber-.
No puede ser-, dicen ellos, -Que siempre hemos hecho?-.
Entonces, oigo la voz, voz de trueno, voz fuerte, clara, precisa hasta prepotente. –Ya esta carajo!…Lo que nos faltaba, estan los obreros, los maestros, los intelectuales, los panificadores y ahora llegan los estudiantes. Tenemos que instalar de inmediato la Asamblea del Pueblo. No vaya a ser cosa de que nos hagan desaparecer-.
La mayoría se rie de buena gana, yo aturdido, no entiendo nada de nada; pero si reconozco ese vozarrón de haber oido en algun sitio, en algun momento, levanto los ojos secandome las lágrimas para ver al dueño de la voz, pues nada en él me parece familiar, hasta parece un tira más, esta calado con un pasamontañas de lana enrrollado a la altura de su frente, su rostro es claro, blanco barbado, su atuendo simple, hasta vulgar. De pronto, le veo los ojos detras de esos lentes gruesos de miope, lentes que no se olvidan por que son culos de botella. Claro!, es El, el dirigente de los maestros de La Paz, es el profesor Carlos Sotomayor Goycochea, un potosino de esos de pura cepa íbero-altoperuana, descendiente de aquellos otros llegados a la Real Villa Imperial de Carlos V, desde sus costas cantábricas vascas ó asturianas.
Conocido por todos como el “Loco Soto” por su caracter extrovertido, heredado de algún antepasado peninsular, sin pelos en la lengua y hechados pa`lante, de esos que cuentan que paraban como guacamayos, encaramados en el mástil mayor de la carabela La Santa Maria, velando el horizonte rizado de agua y cielo, para ser los primeros en gritar a todo pulmón, con todas sus fuerzas, con toda su mierda: Tierra…Tierra…Tierra a la vista!.
Entonces, ese mismo vozarrón me pone en mi sitio y me doy cuenta en el acto, que estoy entre los mios. El Loco Soto es el “Jilakata”, una especie de jefe de los presos en el argot carcelario, es él que recibe y reparte las celdas no tanto a su libre albedrio; sino con un criterio de clase y convivencia, ademas en ese momento y lugar, el profesor Carlos Sotomayor Goycochea, tiene un nuevo nominativo, le llaman El Mayor Soto, y es el que hace respetar a los demas de la actitud de los tiras siempre abusivos y avasalladores.
Es así que sin mayores dilaciones, me aplasta en un abrazo fuerte, fraterno, amigable seguido de la orden de camarada: -TU, como eres estudiante, te corresponde estar con nosotros, tus profesores y los periodistas. Por tanto, te vamos a hacer un lugar en Playa Azul-.
Por fin Playa Azul!, la celda de los intelectuales, me siento orgulloso, no espero menos, estoy con la plana mayor de la dirigencia del magisterio, los profesores Maceda, Sotomayor, Ramirez, arriba esta la profesora Mira Castrillo y el ejecutivo de la prensa el periodista Carvajal.
Doy una mirada a las otras celdas, voy conociendo, marcando el revir, como los animales enjaulados.
Al costado derecho esta la celda que llaman el “bufette”, por la calidad de sus huespedes, ilustres togados, así: el Dr. Melgar rector de la Universidad del Beni, el Dr. Iñiguez rector de la UTO, y uno de los teóricos del 52, el renombrado Dr. Ñuflo Chavez Ortiz.
Al lado izquierdo una celda original, la de los panificadores, que dice que los cogierón haciendo su trabajo, es decir con las manos en la masa, estos son netos paceños y su celda tiene un nombre tambien original: Hotel Hilton, en la entrada han colgado un cartel con este texto: Hotel Hilton
Solo para clase obreras
Prohibido entrada clase borguisa.
Es su manera de hilar el sujeto, el verbo y el predicado con su dicción propia de “Chukutas” andinos.
Al extremo izquierdo, en un obscuro rincón, hay una celda de barrotes gruesos y sin ventilación, es la celda de castigo é incomunicación, se llama Siberia.
Luego los mingitorios sucios y malolientes, al frente una especie de galpón desocupado, andando el tiempo sera la celda de los rematados, es decir aquellos con pena establecida, unos para el penal de San Pedro, otros para el exilio, los confinados y los beneficiados con la libertad, tambien dicen que velarón capilla los desaparecidos.
Finalmente, una última celda con puertas y ventanas condenadas, esta la habilitarán con premuras para albergar a los llegados de la U. de Santa Cruz, alumnos y profesores: los licensiados Rodriguez y Mazone-Roca y los dirigentes de la FUL oriental, tambien un par de infiltrados matones, un tal Peres y el Tornillo, quién me delatará en el campo de concentración del Alto Madidi.
A la hora de la cena reparten agua de sultana con pan, los de Playa Azul y el Bufette, hacemos una “vaca”y encargamos la comida al hotel Torino: pollo arvejado con arroz chaufa, luego a los lavabos y a las celdas bajo llave hasta el día siguiente.
Como por arte de mágia aparece una radio a transistores, con el volumen bajisimo escuchamos el informatívo de radio Fides la de los curas Oblatos, es la única que no se aviene a la censura del regimen y dá un mensaje en alguna medida optimista, no es mucho, pero en esos momentos de desesperación y nihilismo, es el clavo ardiente al que hay que aferrarce.
Luego, un intercambio de opinions sobre lo que se supone que puede pasar, y de rigor con los recién llegados el informe, esta noche me toca narrar sobre la situación en Cochabamba y las circunstancias de mi detención.
Por ultimo, la lectura obligada del capítulo de un libro, esta velada se esta leyendo Cien Años de Soledad, solo conozco de referencia la obra cumbre de Gabo, cinseramente estoy inpresionado al oir aquí en Playa Azul la epopeya de una historía que retrata en cuerpo y alma las vidas y milagros de una familia, que bien puede ser la mía. Al apagarce la luz, me quedo con la premonición de que de alguna manera, Gabriel García Marquez a escrito en su maravilloso libro, parte del guión de la pelicula de mi vida, aunque estoy lejos de llegar a la certeza que con el tiempo y las aguas, cuando descubra este morbo para escribir, definitivamente Gabo sera mi mentor literario.
Ahora solo puedo conprobar una otra certeza, y es la deducción de los viejos camaradas ex-convictos, de que la prisión política es una escuela de formación de cuadros, donde uno se templa o se quiebra, como el acero, sin ninguna otra alternativa. Coño! Que verdad mas irrevatible.
En el duermevela de mi primera noche de presidiario político, con el sueño brillando por su total ausencia, hago el recuento cronológico de todo lo que me a pasado en la víspera y en mi vida anterior, para venir a parar a esta celda de La Paz bautizada con el romántico nombre de Playa Azul, apelativo que solo pudo haber sido concebido por quienes temporalmente lo habitan: “Pedagogos de la Juventud”.
Para llegar a este momento y esta pernoctada, que se alargaría por dos largos años, han transcurrido solo horas desde cuando fuí detenido en la casa paterna, en la avenida Blanco Galindo casi esquina Costanera, tipo once de la mañana, mas o menos a la hora de haber arribado a mi hogar con el objetivo de tomar una ducha, cambiarme de ropa y sobre todo comer.
Los hechos sucedierón con una secuencia rápida y planificada de antemano, es posible que la casa haya estado vigilada, por que estando sentado en el enfarolado del comedor deborando con fruición unos riñones al vino, pan toco y café con leche, vi aparecer raudos tres jeeps, que por la velocidad y la dirección, se notaba que tenían el objetivo clarisimo.
Frenando en la esquina de la casa la tomaron al abordaje, ante las protestas de mi madrastra, de que no tenían derecho a ese acto vandálico, él que comandaba mostró un papel diciendo que esa era la orden de allanamiento, expedida por el Prefecto del departamento y comandante de la VII division al mismo tiempo.
No se me ocurrió mejor cosa que cruzar a toda velocidad el comedor y salir por la cocina a las dependencias de la fábrica de mi padre, con el objeto de brincar la tapia y darme las de villadiego Costanera arriba, imposible, la casa estaba rodeada.
Entonces, me encaré con el tira que hacía de jefe, este me conminó: -No hagas resistencia, tenemos orden de meterte bala-. Al estar cubierto solo con mi bata, propuse pasar a mi dormitorio a vestirme, craso error!, por que me olvide que andaba llevando un viejo revolver colt 32, que me prestó el Gordo Zambrana en Laica Cota, la semana anterior, en realidad era un “chumbo” obsoleto que apenas disparaba y tenía el seguro trabado, y si lo llevaba conmigo era más por snob que la intención de fajarme a tiros con nadie, y sin embargo, fué la supuesta prueba que me cagó y bien caro que lo pagué, por que entrando a mi dormitorio lo puse bajo la almohada, y al volver a entrar con los tiras a vestirme, estos revolvierón mis cosas y ahí estaba el “fierro”, entonces pensaron: “Bingo! Lo que queriamos”, y empezó el interrogatorio, querian saber donde estaban las armas y las buscarón por toda la casa, a mi madrastra le dió un soponcio por el pánico, lo único que encontraron fueron los cuchillos de cocina y las herramientas de la fábrica de mi padre, no habia más armas que mi desmadrado coraje y la dignidad de mi familia. Pero eso no impidió que el Prefecto golpista Gral. Mendieta, mostrara ante la prensa armas de todo pelaje, desde el fierro viejo de la vispera, hasta tirachinas, para justificar mi detención y posterior traslado relampago a La Paz, y de paso llenarme de calificativos a cuál más subersivos.
Lo anecdótico sucedió con mi padre que se encontraba en Santa Cruz haciendo sus negocios, y se llevó la sorpresa de su vida al ver por televisión el arsenal que aseguraban haber requisado en su casa.
Muchos años despues, mi padre me contaría: -Impresionado por lo que mostraban, me fuí al bar del Caballito y me pedí un whisky doble para calmar los nervios, y me pregunte –como carajo tenía este todas esas armas sin que yo me de cuenta, y lo más incredible, bajo mi propio techo?- . Cosas de la vida.
Total, tiempo al tiempo, yo tambien me arrepintiría por los dos años que me chupé de carceles y campos de concentración. Y el no haber seguido el sabio consejo de mi “Hechicera Bendita”, mi abuela Carmen Aramayo-F. Quién sugirió me fuera a Antofagasta, por que mi familia materna era en esa ciudad del norte chileno, algo más que un apellido ilustre era una institución, por eso de la minería del siglo pasado y los barones del estaño.
Es el momento de conciliar el sueño en Playa Azul y poner un punto seguido a la primera parte de lo que pretende ser una Trilogía de este Relato Real, para el rescate de la memoria colectiva.

Carrer Sant Jordi
Ciudad Cóndal
Pluvioso del 2003
Ricardo Raúl Cauthín Aramayo-Florez

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